¿Qué es el infierno?

Fotografía de Seba Pisoni

Aprendí qué es el infierno en un taller literario. Sentado en una mesa redonda, en una cocina, junto a un grupo de compañeros que tomaban vino, mate, agua. Todos estábamos ahí para aprender a mejorar nuestros textos compartiéndolos y haciéndonos críticas constructivas, pero fundamentalmente para aprender de Pablo Ramos, nuestro maestro, enormemente generoso en cuanto a conocimiento, pero también exigente y despiadado para las críticas. Pablo no se ponía loco cuando escribíamos mal, sino cuando nuestros cuentos o intentos de novelas eran propios de un “imbécil moral”. Él sostiene que se puede ser un gran escritor e incluso un gran artista pero ser un imbécil moral. Fue en una de esas clases picantes que no volaba una mosca cuando aprendí qué es el infierno.

Para participar en el taller yo viajaba desde Arrecifes a Buenos Aires, 200 km, llegaba a las 20 hs y las clases solían extenderse hasta las 24 hs. Volvía a la ruta 8 muerto de cansancio y muchas veces devastado anímicamente. Muchísimas veces. Es durísimo leer un texto en el que expones tu alma y que te lo destrocen con argumentos irrebatibles. Pero de eso se tratan los talleres de Ramos, y los recomiendo de corazón si se animan a escribir eso que deben que escribir.

Resulta que ese día Pablo frenó todo en seco y con absoluta seriedad nos dijo que teníamos unos minutos para pensar qué es el infierno. Uno de los presentes preguntó si había que escribirlo en una hoja y obtuvo como respuesta un incómodo silencio. La cosa es en serio, nada de pelotudeces. Por esos días mi compañera de vida transitaba una enfermedad terrible y sufría muchísimo tanto el tratamiento como el miedo a la muerte y la tristeza. Tristeza es la palabra que mejor resume esos años de mi vida. Por eso creo que cuando me tocó el turno respondí algo relacionado a mi experiencia de esos días, creo que fue algo así como “el infierno es sufrir sin esperanza”. Digna mi respuesta, aunque incorrecta. Otros respondieron las drogas, otros no tener libertad, pero nadie dio en la tecla.  

Pablo Ramos nos miraba a los ojos y nos sostenía la mirada. Y con esa actitud de seguridad en sí mismo nos dijo: “esto es el infierno”, mientras nos señalaba con el dedo índice de su mano derecha. “El infierno es este dedo índice que los señala, el infierno es la mirada del otro”.

Confieso que volví a mis pagos pensando en su definición aunque no completamente convencido. Porque lo más fácil, o mejor dicho lo más trillado, es decir a mi no me importa la mirada del otro, hago la mía. Pero decir, lo dice cualquiera. Con el paso del tiempo reflexioné una y mil veces sobre esa idea de infierno sin descenso al abismo, a los fuegos de Lucifer. Concluí que la mirada de los otros es el primero de todos los males que sufrimos en la vida. Las adicciones, la maldad, las injusticias, las enfermedades, todo absolutamente todo está precedido por la potencia degenerativa que nos afecta e infecta desde la mirada del otro que juzga y señala. Nada nos influencia más que la mirada del otro, nada nos carga con más peso la mochila que la mirada del otro. La mayor parte de nuestra vida nos la pasamos haciendo lo que podemos para demostrarle a otros que no es así, que su mirada no nos afecta.

El otro son los padres, los amigos, los novios, las novias, los seres queridos, los maestros, los vecinos, las publicidades, etc. Es muy difícil resetear nuestra mente y arrancar desde cero eliminando toda la info podrida y acumulada durante años que se generó por decenas y decenas de comentarios y opiniones y pretensiones y exigencias con las que nos atacaron esos otros, juzgadores seriales. Pero se puede, y para empezar lo mejor es aprender que la mirada del otros nos daña. El resto de los males sobre la tierra, todo lo demás que pueda considerarse un infierno, es una respuesta al dedo índice que nos señaló y nos afectó.

Años después de repetir esta anécdota en diferentes lugares leí una entrevista que le hicieron a Pablo en la que supera su propia definición de infierno. Dijo que el peor infierno que puede atravesar una persona, incluso peor que la mirada del otro, es cuando la mirada destructiva es para con uno mismo. Andá a buscarla al ángulo. Brillante Pablo. Como escritor es enorme porque su vida atravesó prácticamente todas las instancias posibles. Pobreza, riqueza, adicciones, encierros, libertad, éxitos, fracasos, duelos, nacimientos, pérdidas. Siempre bien capitalizadas, siempre. Para Pablo “la literatura, el arte, es un punto de vista, es un deseo profundo de ver bello el mundo, un deseo profundo de que exista Dios, de que exista la posibilidad sublime de la felicidad. De que exista la compañía, de desterrar la soledad”.

En definitiva todo se resume a la bellísima anécdota que cuenta Pablo de su abuelo cantor. Cuando una mañana que volvían juntos luego de que su abuelo había perdido mucho dinero jugando al póker tomaron un colectivo, se quedaron dormidos y se pasaron varias cuadras de la pensión a la que iban. Era una mañana de garúa muy fría y el jovencito Pablo Ramos, que era el ídolo de su abuelo, le falto el respeto por primera vez. Cuando el semáforo se puso en verde osó decirle “dale, dale viejo, cruzá”. Su abuelo, enorme poeta, le contestó:

No desperdicies la esmeralda que te da la mañana, aunque sea la luz del semáforo”.

Artículos recomendados

5 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *