Chela, el piano y los limones

Chela Nemoz

Que mal, que mal
porque ni puedo hablarte
Temo que es así
ya no hay forma de pedir perdón.

El jueves viví una experiencia que refuerza mi creencia de que tener un ikigai, una razón por la que vivir, nos permite tener una vida más fecunda cuando llegamos a viejitos.

Estaba hermoso, un poco fresco pero primaveral. El trabajo pintaba tranquilo, y mi mamá me dijo “dice Chela que si queres limones vayas a buscarlos”. Le pedí a Juana, mi hija, que me acompañe y me fui hasta lo de Chela, frente al Parque Mitre, donde pasé mi infancia entera jugando al fútbol.

Cuando estaba tocando timbre la veo venir a Chela, caminando tranquila con el solcito de la mañana y una bolsa de frutas y verduras en cada mano. “Fui a la verdulería, pero estaba tan lindo que me di una vueltita”, me dijo. Chela tiene 85 años, es elegante, fina en sus modales, impecable.

Entramos a su casa pero antes de cerrar la puerta un comisionista le dejó una caja que pesaba como 30 kilos. Sus familiares le mandaron desde Bolívar pomelos y quinotos de regalo. Chela puso el agua para el mate, nos abrió la puerta del patio y me dio un gancho de alambre para bajar limones. No hizo falta, tiene dos limoneros que rebalsan de limones grandes como pelotitas de tenis. Con solo sacudirlos un poco cayeron decenas de limones.

Al entrar a su casa hay un piano, su piano, un Schiedmayer & Soehne Stuttgart. Con el dedo índice y vergüenza toqué “Yo tengo fe”. Chela es profesora de piano, y no porque no le quedaba otra, sino por vocación. No pudo evitar corregirme y me dijo que toque, pero usando todos los dedos. Aproveché y le contesté “Chela, yo no sé tocar, pero si vos queres hacernos un concierto no nos ofendemos”. Me dijo que sí sin dudar, me dio el mate para que lo siga y de jogging como estaba sacó una partitura y se sentó con la espalda derecha a tocar su amado piano alemán.

Con Juana nos sentamos entusiasmados. Nos dijo que iba a tocarnos una de Pedro Aznar que venía practicando, pero que quizás le cueste. No por ser una partitura complicada, sino porque se emociona. La música nos trae al presente recuerdos intensos, a veces tristes, Chela me lo hizo entender con su mirada.

Se sentó al piano con tanta predisposición, con tantas ganas. Mientras escribo todo esto recuerdo a mis abuelas. Mima, la mamá de mi mamá, horneaba tortas para recibir visitas, preparaba licores caseros y cuidaba sus plantitas con tanto amor que daban ganas de abrazarla fuerte y no soltarla. Mi otra abuela, Nucha, vivía cocinando con una mano inigualable, la comida era para recibir a sus seres queridos. Ambas llegaron casi a los 90 años con una lucidez envidiable.

Chela nos tocó unos fragmentos de canciones y conectamos al toque con esa energía, ese microclima que siempre genera la música. Escuchar a alguien tocar el piano no se da todos los días. Las notas, las teclas, es un instrumento mágico. A mí se me cerró la garganta porque “Ya no hay forma de pedir perdón” es bellísima, pero la letra es fuerte. Luego nos convidó quinotos en almíbar, nos invitó a volver todas las veces que queramos. Nos dijo que nos quería mucho. Nos agradeció la visita.

Con Juana regresamos a nuestros quehaceres en estado de gracia. La melodía del piano y el cariño de Chela nos dejaron vibrando en otra sintonía que no tiene nada que ver con el trabajo, con el ruido de los autos, con las urgencias diarias. Ni siquiera con la educación primaria, y la menciono porque Juana estaba preocupada porque no había hecho los deberes. Ese rato compartido con un ser tan especial fue como un oasis en medio de la rutina cotidiana, una burbuja dentro de la ciudad, un viento que silba una hermosa melodía de piano y te despabila. Un recreo diferente. La observé a Chela vivir en una sintonía superior a cualquier best seller de autoayuda, a cualquier reel con frases reveladoras, a las declaraciones de cassette de un pseudo gurú hambriento de éxito.

Ojalá llegue a los 85 años disfrutando del sol de la mañana, de los mates en casa. Ojalá llegue con ganas de algo, piano o lo que sea. Ojalá a los 85 años pueda abrir la puerta de mi casa con tantas ganas de recibir visitas, de compartir los frutos de mis árboles. Ojalá a los 85 años me emocione cuando escucho una canción que me atraviesa.

Ojalá Juana aprenda más de esos momentos que con cuentas de matemática.

Gracias Chela Nemoz, sos una persona hermosa.

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1 comentario

  1. Hermosa nota , asi es Chela y ademas una gran amiga .

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