Hace 5 años pesaba 105 kilos. 20 kilos más de lo que debería. Me sentía mal físicamente y sobre todo mentalmente. No tenía tiempo para entrenar y tampoco lograba dominar mis enormes ansias por comer, sobre todo porquerías. Como pude empecé gimnasio, con el querido Rafa Cozza, en Arrecifes, un tipazo que sabe un montón y me enseñó, entre tantas otras cosas, que nada mejor que entrenar la fuerza. Iba tres veces por semana. Un año de entrenamiento acusaron en la balanza 98 kilos, bajé 7 kilos en el transcurso del 2019. Mi primer logro fue que desapareció mi dolor de espalda baja, hasta ese entonces una constante diaria.

A principios del 2020 ya estaba viviendo en Olavarría. Ciudad nueva, trabajo nuevo, Juana con 6 años y su comienzo en la primaria. Y la pandemia. Empecé el gimnasio pero llegó la cuarentena. Mantuve durante todo el año una prolija constancia con entrenamiento funcional virtual. Ale Dirgan, el profe, terminaba las clases bailando y nos dábamos ánimo entre todos. A fin del 2020 pesaba 88 kilos. Mi cara tenía nuevas arrugas, pero mi cuerpo me devolvía una sonrisa en el espejo.

En el 2021 empecé gimnasio otra vez, con altibajos por la cuarentena, pero decidido a entrenar la fuerza. Fui a lo de Julián Etchegaray, un gran profe con conocimiento y trayectoria. Hace 30 meses que voy al gimnasio y estoy en 90 kilos, fuerte. Ya ni recuerdo mi dolor en las rodillas ni en la espalda. Entrenar me llevó de a poco a cambiar algunos hábitos. Elegir la alimentación consciente por sobre las porquerías. Es una batalla diaria, se requiere mucha disciplina, mucha determinación. Pero con el paso del tiempo pienso que ya no como tanto fiambre, que como pastas una vez por semana o dos. Que dejé de tomar cerveza todos los días, y después dejé de tomar gaseosas, y casi no tomo alcohol en comparación a lo que tomaba antes. Evito el supermercado con sus góndolas llenas de ultra procesados y trato de cocinarme priorizando verduras. Repito: “trato”. Cuando tomo alcohol al otro día no puedo entrenar bien, y me gusta tanto ir al gimnasio que prefiero no tomar. A veces me tomo unas copas de vino y no sufro, me lo permito y lo disfruto.

A la noche descanso, no solamente duermo. Porque toco la cama y caigo rendido. Pero descanso re bien. Mi cuerpo no es todo músculo y abdominales. Ni de cerca, porque eso requiere pasar a otro nivel que por ahora no me propuse. Pero no tengo dolores, me veo bien al espejo, y sobre todo me hace tanto bien anímicamente que se me volvió una necesidad, una costumbre que nivela para arriba mi calidad de vida.

Ahora lo más importante. Mis últimos 10 años fueron muy tristes, muy intensos. Grandes alegrías, pero acompañadas de enormes tristezas. Hubo momentos en los que pensé que la tristeza iba a ganar la pulseada. Estoy convencido de que entrenar fue una de las cosas que más me ayudó a salir adelante. Terapia, familia, tomar decisiones, el tiempo, todo ayuda. Pero entrenar me aplaca todos los días ese taladro de pensamientos tristes o bajoneros que si no los combatís son una bola de nieve. Hace algunos meses mi mamá me dijo “llegué a pensar que la tristeza era parte de tu personalidad”. Me hizo ruido, me dolió escuchar eso. Pero la entiendo.

Hoy, gracias a entrenar, andar en bici, caminar, jugar al tenis de mesa, gracias a las flexiones, las dominadas y las sentadillas, puedo decir que estoy tranquilo en la mente, el cuerpo y el alma. Estar bien implica que un conjunto de cosas lo estén. Familia, salud, los seres queridos que te rodean, el trabajo. Lo sé. Pero hay cosas que se pueden cambiar y otras que no.

Me costó mucho volver a sentirme animado. Entrenar me dio fuerza en el cuerpo y la fuerza emocional necesaria para salir adelante en la vida.

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